Yo estaba tan seguro
que estaría por ahí,
más allá del sendero
que audaces inventamos
y dejamos naciendo
entre arbustos y sueños.
Estaba junto al río
que extendía sus heridas
de luz en la montaña:
mi hondonada encendida
de verdes insaciables
y brisas reclinadas
sobre un ritual de mariposas...
La imaginé fragante,
se los juro,
entre los laberintos,
un poco más allá
del transparente valle
de azorados caballos,
--¿unicornios acaso?--
como un lienzo de azules
y amarillos fundidos
con ese olor de tarde
intensa de veranos
y pájaros trazando
un espacio de asombros
y enigmáticos gritos.
¡Me recuerdo extasiado
en ese prodigio verde
de sorprendidas flores
y de hierbas febriles!
Esa primera estrella
huyendo de la prisa,
y esa palabra última
que pensé o que dije
a una mujer que estaba
en la hierba conmigo,
o que talvez soñé...
pero me da lo mismo.
Por eso creo que acaso
aunque no la encontramos,
se quedó para siempre
besando nuestro espíritu.
¡Y es que los sueños
y los recuerdos,
como las lunas
y los espejos
y las tardes felices,
son tan efímeros!
Nos dejan y se quedan
como los espejismos,
y ya no sabemos
cuando ni dónde los vivimos.